--¿Quién llama? --dijo.
Una voz muy suave respondió:
--Si está el señor Henry Grant, haga el favor de decirle que le llama Carlota Torres.
Carlota Torres, novia de Pablo González, era una muchacha inteligente y muy hermosa. Hacía varios meses que Grant la conocía.[1] Recordó claramente el día en que Pablo le había llevado a casa de los Torres para presentarle a su novia. Ésta le había enseñado algunos objetos de arte que acababa de recibir de España. Entre ellos había un vaso de alto precio, un vaso que valía mil pesetas por lo menos, y Grant había tenido la desgracia de dejarlo caer. En el acto, había ofrecido pagarlo, pero el señor Torres se había negado a aceptar el dinero.
--Le habla Henry Grant, señorita Torres. Hace tiempo que no la veo.
--¿De modo que Vd. me recuerda, señor Grant?
--Sí que la recuerdo. Vd. estará muy alegre esta noche, señorita, pues ha vuelto Pablo.
Carlota no respondió inmediatamente. Luego dijo en voz baja:
--Perdone Vd., señor. ¿Ha dicho Vd. que Pablo...?
Ahora fué Grant el que guardo silencio un instante, pero pudo contestar con voz tranquila:
--Acabo de oír que el doctor González ha vuelto a Lima y que...
--Pero, señor Grant, ¿cuál es el origen de esas noticias? --preguntó Carlota.
A Grant le parecía que tal vez no debía decir que el origen de las noticias era Pablo González. Por eso no le dijo nada acerca de la carta que había recibido aquella tarde.
--Serán noticias falsas, señorita.
--Sí, señor, de eso estoy segura. No ha vuelto. Es por eso precisamente que le llamo a Vd. Deseaba decirle que hoy llegó una carta de Pablo, diciéndome que volverá a Lima la semana que viene. Ciertos negocios le habrán detenido en Panamá. Sé que Vd. querrá verle en cuanto vuelva[2] a Lima, y, puesto que hay fiesta el viernes, quizás podamos reunirnos[3] por la tarde.
--¿Cómo no? Y mil gracias, señorita, por la noticia. Se la agradezco mucho.
--De nada, señor Grant, y muy buenas noches.
Henry Grant, por regla general, hacía frente a cualquier situación con calma. Ahora, sin embargo, al pensar en la carta que González había escrito a su novia...
Grant dejó el teléfono sobre la mesa y desapareció por la puerta que conducía a una habitación interior. Volvió en seguida con el sombrero puesto. Los ojos del joven caballero, que solían sonreír alegremente, ahora despedían fuego. La línea blanca que le atravesaba la barba de un lado a otro se había vuelto roja, encendida.
Una voz muy suave respondió:
--Si está el señor Henry Grant, haga el favor de decirle que le llama Carlota Torres.
Carlota Torres, novia de Pablo González, era una muchacha inteligente y muy hermosa. Hacía varios meses que Grant la conocía.[1] Recordó claramente el día en que Pablo le había llevado a casa de los Torres para presentarle a su novia. Ésta le había enseñado algunos objetos de arte que acababa de recibir de España. Entre ellos había un vaso de alto precio, un vaso que valía mil pesetas por lo menos, y Grant había tenido la desgracia de dejarlo caer. En el acto, había ofrecido pagarlo, pero el señor Torres se había negado a aceptar el dinero.
--Le habla Henry Grant, señorita Torres. Hace tiempo que no la veo.
--¿De modo que Vd. me recuerda, señor Grant?
--Sí que la recuerdo. Vd. estará muy alegre esta noche, señorita, pues ha vuelto Pablo.
Carlota no respondió inmediatamente. Luego dijo en voz baja:
--Perdone Vd., señor. ¿Ha dicho Vd. que Pablo...?
Ahora fué Grant el que guardo silencio un instante, pero pudo contestar con voz tranquila:
--Acabo de oír que el doctor González ha vuelto a Lima y que...
--Pero, señor Grant, ¿cuál es el origen de esas noticias? --preguntó Carlota.
A Grant le parecía que tal vez no debía decir que el origen de las noticias era Pablo González. Por eso no le dijo nada acerca de la carta que había recibido aquella tarde.
--Serán noticias falsas, señorita.
--Sí, señor, de eso estoy segura. No ha vuelto. Es por eso precisamente que le llamo a Vd. Deseaba decirle que hoy llegó una carta de Pablo, diciéndome que volverá a Lima la semana que viene. Ciertos negocios le habrán detenido en Panamá. Sé que Vd. querrá verle en cuanto vuelva[2] a Lima, y, puesto que hay fiesta el viernes, quizás podamos reunirnos[3] por la tarde.
--¿Cómo no? Y mil gracias, señorita, por la noticia. Se la agradezco mucho.
--De nada, señor Grant, y muy buenas noches.
Henry Grant, por regla general, hacía frente a cualquier situación con calma. Ahora, sin embargo, al pensar en la carta que González había escrito a su novia...
Grant dejó el teléfono sobre la mesa y desapareció por la puerta que conducía a una habitación interior. Volvió en seguida con el sombrero puesto. Los ojos del joven caballero, que solían sonreír alegremente, ahora despedían fuego. La línea blanca que le atravesaba la barba de un lado a otro se había vuelto roja, encendida.
[1] Hacía ... conocía, Grant had known her for several months
[2] Sé ... vuelva, I know that you will want to see him as soon as he returns. The subjunctive is used in adverb clauses to express a future event or state.
[3] quizás podamos reunirnos, perhaps we may be able to get together. The subjunctive may be used after any expression of doubt.
by Joseph W. Barlow, Kurt Steel, Edward C. Caswell
Contributed by JB




