Un ligero vapor blanco salía del hondo abismo, pero al levantarse el sol el vapor fué desapareciendo rápidamente. Grant no quería dejar la mesa de piedra hasta que los rayos del sol hubieran bajado a lo más hondo del abismo. Cuando al fin quedó bien iluminado, vió que era mucho más profundo de lo que se había imaginado. Los árboles se hallaban tan reducidos y mezclados por la distancia que el fondo parecía estar pintado de verde. No había señal alguna de O'Higgins.
--Señor Grant, --dijo Inambari-- yo tengo la costumbre de comer por lo menos tres veces al día, (se lo digo a Vd. en confianza) y ya hace más de cuatro días que no como bien ni una. Tengo el estómago completamente vacío.
Grant rompió a reír.
--Basta, amigo. Harto bien le entiendo, y en cuanto lleguemos al lugar donde dejamos las llamas, puede comer todo cuanto quiera. Haga Vd. el favor de soltarle los pies a ése para que pueda andar.
El tercer día por la tarde volvieron a ver las blancas casas del Cuzco.
--Aunque pronto vas a reunirte con tu novia, me parece que andas un poco triste, amigo. ¿Qué te pasa? --dijo Grant a González.
--Pues nada. Pensaba en el retrato de mi madre. No puedo menos de sentir que me lo hayan destruído. Ese daño no puede repararse con todo el oro del mundo. . . Y el mapa, siento haberlo perdido.
--En cuanto al retrato, Pablo, no lo destruyeron completamente.
--¡Enrique! ¿qué quiere decir eso?
--Yo tengo el retrato. Está en casa, en la caja de hierro.
--¡A Dios gracias! --exclamó González.
--Lo echaron al fuego, pero no le falta más que la parte inferior, de modo que la cara de tu madre queda sin daño alguno.
Mientras caminaban hacia la ciudad, Grant le contó a su amigo todo lo que había pasado desde la noche en que desapareció éste. Al decirle cómo había encerrado en el cuarto a O'Higgins y el perro, González se echó a reír.
--¿De modo que hallaste el retrato en aquella casa? Pero ¿cómo supiste que yo estaba allí? --preguntó González.
--Me ayudaba un detective, Pablo. En cuanto lleguemos a Lima voy a presentarte a Tomás Cano. Así se llama el detective que nos condujo, a Salinas y a mí, a aquella casa.
--Tendré mucho gusto en conocerle y en darle las gracias. Me ha hecho un favor que no puede pagarse sino con la amistad.
Grant también pensaba en el retrato. Trataba de recordar algo. . . algo que se le había ocurrido al encontrar el retrato medio destruído. De pronto exciamó:
--¡Ah! lo tengo . . . creo que lo tengo.
--¿Qué tienes, Enrique? --preguntó González.
--Te lo dire más tarde, cuando lleguemos a Lima.
Carlota, al verlos entrar en el hotel, se echó en brazos de su novio llorando de alegría.
--No llores, amor mío. Ya no hay cuidado --dijo González, besándole la frente.
Grant bajó a la calle, donde le esperaba Inambari. Conforme a lo convenido, le entregó cien soles para que pagase al dueño de las llamas.
--Y ahora, amigo mío, quiero darle a Vd. otros cien soles. Nos ha servido muy bien y se lo agradecemos muchísimo.
--Mil gracias, señor Grant, pero yo no puedo aceptarlos. Ocho días a cinco soles diarios son cuarenta. Era lo convenido y no acepto más. Yo soy hombre de bien y tengo conciencia. Además me he divertido mucho, y si me fuera sin dinero quedarla satisfecho.
--Como usted quiera, amigo. Y ahora, adiós. Tengo que ordenar mis asuntos para la vuelta a Lima. Pensamos tomar el tren de la mañana.
--No diga Vd. "adiós" sino "hasta luego," señor Grant. Iré a la estación mañana por la mañana a despedirles a Vds.
--Pues entonces, hasta luego, Inambari.
--Señor Grant, --dijo Inambari-- yo tengo la costumbre de comer por lo menos tres veces al día, (se lo digo a Vd. en confianza) y ya hace más de cuatro días que no como bien ni una. Tengo el estómago completamente vacío.
Grant rompió a reír.
--Basta, amigo. Harto bien le entiendo, y en cuanto lleguemos al lugar donde dejamos las llamas, puede comer todo cuanto quiera. Haga Vd. el favor de soltarle los pies a ése para que pueda andar.
El tercer día por la tarde volvieron a ver las blancas casas del Cuzco.
--Aunque pronto vas a reunirte con tu novia, me parece que andas un poco triste, amigo. ¿Qué te pasa? --dijo Grant a González.
--Pues nada. Pensaba en el retrato de mi madre. No puedo menos de sentir que me lo hayan destruído. Ese daño no puede repararse con todo el oro del mundo. . . Y el mapa, siento haberlo perdido.
--En cuanto al retrato, Pablo, no lo destruyeron completamente.
--¡Enrique! ¿qué quiere decir eso?
--Yo tengo el retrato. Está en casa, en la caja de hierro.
--¡A Dios gracias! --exclamó González.
--Lo echaron al fuego, pero no le falta más que la parte inferior, de modo que la cara de tu madre queda sin daño alguno.
Mientras caminaban hacia la ciudad, Grant le contó a su amigo todo lo que había pasado desde la noche en que desapareció éste. Al decirle cómo había encerrado en el cuarto a O'Higgins y el perro, González se echó a reír.
--¿De modo que hallaste el retrato en aquella casa? Pero ¿cómo supiste que yo estaba allí? --preguntó González.
--Me ayudaba un detective, Pablo. En cuanto lleguemos a Lima voy a presentarte a Tomás Cano. Así se llama el detective que nos condujo, a Salinas y a mí, a aquella casa.
--Tendré mucho gusto en conocerle y en darle las gracias. Me ha hecho un favor que no puede pagarse sino con la amistad.
Grant también pensaba en el retrato. Trataba de recordar algo. . . algo que se le había ocurrido al encontrar el retrato medio destruído. De pronto exciamó:
--¡Ah! lo tengo . . . creo que lo tengo.
--¿Qué tienes, Enrique? --preguntó González.
--Te lo dire más tarde, cuando lleguemos a Lima.
Carlota, al verlos entrar en el hotel, se echó en brazos de su novio llorando de alegría.
--No llores, amor mío. Ya no hay cuidado --dijo González, besándole la frente.
Grant bajó a la calle, donde le esperaba Inambari. Conforme a lo convenido, le entregó cien soles para que pagase al dueño de las llamas.
--Y ahora, amigo mío, quiero darle a Vd. otros cien soles. Nos ha servido muy bien y se lo agradecemos muchísimo.
--Mil gracias, señor Grant, pero yo no puedo aceptarlos. Ocho días a cinco soles diarios son cuarenta. Era lo convenido y no acepto más. Yo soy hombre de bien y tengo conciencia. Además me he divertido mucho, y si me fuera sin dinero quedarla satisfecho.
--Como usted quiera, amigo. Y ahora, adiós. Tengo que ordenar mis asuntos para la vuelta a Lima. Pensamos tomar el tren de la mañana.
--No diga Vd. "adiós" sino "hasta luego," señor Grant. Iré a la estación mañana por la mañana a despedirles a Vds.
--Pues entonces, hasta luego, Inambari.
by Joseph W. Barlow, Kurt Steel, Edward C. Caswell
Contributed by JB




