Había sido un día hermoso, mas no iba a ser así la noche. Poco después de ponerse el sol se alzó un viento fuerte y el cielo volvió a cubrirse de nubes espesas y negras. Grant y Salinas andaban rápidamente por la calle, siguiendo siempre a Tomás. Grant pensaba en los sucesos de la noche anterior, y los pensamientos no le eran muy agradables.
--Esto no me gusta nada --dijo Tomás parándose en medio de la calle--. Espero que Vd. sepa lo que hace.
--Pierda Vd. cuidado, señor detective. Yo sé lo que me hago[1] --dijo Grant--. A propósito, ¿cuántos años tienes?
Tomás respondió que tenía quince años y que su padre servía en uno de los teatros de Lima. Su hermana mayor era maestra de escuela, pero a Tomás no le gustaban los libros.
--Me cansa muchísimo la escuela. Apenas puedo sufrirla. Además, salgo siempre con malas notas. No quiero asistir a la escuela sino hacerme soldado, como mi tío Miguel --confesó el muchacho--. Los soldados siempre tienen dinero.
Salinas rompió a reir. Luego dij
--En ese caso serás buen soldado. Pero, ¿adónde nos llevas?
Ya se lo advertí --dijo Tomás.
Andaban por una calle estrecha, en una parte de la ciudad enteramente desconocida lo mismo para Grant que para Salinas.[2] Más adelante, la calle se convirtió en una especie de camino estrecho. En el espacio de quince minutos no encontraron más que siete u ocho casas, todas oscuras y de aspecto miserable.
--Dentro de media hora ya no podremos ver nada --dijo Grant--. Date prisa, chico.
En esto salió de entre unos árboles un perro enorme y se lanzó sobre el muchacho. Este le tiró una piedra a la cabeza. Salinas dió un grito y el animal se retiró, metiéndose otra vez entre los árboles.
Dieron algunos pasos más. De pronto Tomás exclamó:
--¡Ya llegamos! Al menos, creo que era aquí. . . Si, aquí mismo.
Salinas encendió una luz y dijo en seguida:
--Tienes razón, chico. Éste es el sitio, sin duda. Aquí tengo otros dos pedazos del cristal. Ahora, Enrique, me debes a mí dos soles.
Grant no prestaba atención a lo que decía su amigo. Tenía los ojos fijos en el camino. En el suelo había señales de que un automóvil había dejado el camino, pasando entre unos árboles a la izquierda. Detrás de estos árboles había otros más altos y, poco más allá, una casa enorme de piedra.
--Por lo visto, no hay nadie --dijo Salinas.
Pero de pronto se vió un rayo de luz. Alguien había abierto la puerta, cerrándola inmediatamente.
--Tomás --dijo Grant-- nos has servido muy bien y te lo agradezco. Aquí tienes el dinero que te prometí. Si no me engaño, llegarás a ser general algiún dla.
--¿Qué quiere Vd. que haga ahora? --preguntó Tomás.
--Vete a casa. Ya has hecho bastante.
Tomás pareció ofendido.
--¿Es que me toma Vd. por un niño de diez años? Pues no, señor. Quiero ayudarle a terminar este asunto. No olvide Vd. que tengo quince años bien cumplidos.
--Cuando a un soldado se le manda hacer algo,[3] obedece, Tomás. Es decir, obedece si es buen soldado.
--Un buen soldado --respondió Tomás-- no deja en peligro a sus amigos.
--¿Cómo sabes tú que estamos en peligro?
--A mí no me engaña Vd. --contestó Tomás--. Sin embargo, me voy ya que Vd. me lo manda. Buenas noches.
Cuando el muchacho desapareció, preguntó Salinas:
--¿Qué hemos de hacer ahora?
--Pienso saber quién está en aquella casa.
--Bueno. Vamos.
--Un momento --dijo Grant-- tú no tienes que acompañarme.
--Un buen soldado no deja. . .
Grant se echó a reir.
--Pues bien, como quieras.[4] Iremos juntos. ¿Tienes armas?
--Tengo las dos manos. Son duras y me bastan.
--Espero que tengas razón --dijo Grant.
Dejaron el camino y se acercaron lentamente a la casa, ya casi escondida por las sombras de la noche.
--Esto no me gusta nada --dijo Tomás parándose en medio de la calle--. Espero que Vd. sepa lo que hace.
--Pierda Vd. cuidado, señor detective. Yo sé lo que me hago[1] --dijo Grant--. A propósito, ¿cuántos años tienes?
Tomás respondió que tenía quince años y que su padre servía en uno de los teatros de Lima. Su hermana mayor era maestra de escuela, pero a Tomás no le gustaban los libros.
--Me cansa muchísimo la escuela. Apenas puedo sufrirla. Además, salgo siempre con malas notas. No quiero asistir a la escuela sino hacerme soldado, como mi tío Miguel --confesó el muchacho--. Los soldados siempre tienen dinero.
Salinas rompió a reir. Luego dij
--En ese caso serás buen soldado. Pero, ¿adónde nos llevas?
Ya se lo advertí --dijo Tomás.
Andaban por una calle estrecha, en una parte de la ciudad enteramente desconocida lo mismo para Grant que para Salinas.[2] Más adelante, la calle se convirtió en una especie de camino estrecho. En el espacio de quince minutos no encontraron más que siete u ocho casas, todas oscuras y de aspecto miserable.
--Dentro de media hora ya no podremos ver nada --dijo Grant--. Date prisa, chico.
En esto salió de entre unos árboles un perro enorme y se lanzó sobre el muchacho. Este le tiró una piedra a la cabeza. Salinas dió un grito y el animal se retiró, metiéndose otra vez entre los árboles.
Dieron algunos pasos más. De pronto Tomás exclamó:
--¡Ya llegamos! Al menos, creo que era aquí. . . Si, aquí mismo.
Salinas encendió una luz y dijo en seguida:
--Tienes razón, chico. Éste es el sitio, sin duda. Aquí tengo otros dos pedazos del cristal. Ahora, Enrique, me debes a mí dos soles.
Grant no prestaba atención a lo que decía su amigo. Tenía los ojos fijos en el camino. En el suelo había señales de que un automóvil había dejado el camino, pasando entre unos árboles a la izquierda. Detrás de estos árboles había otros más altos y, poco más allá, una casa enorme de piedra.
--Por lo visto, no hay nadie --dijo Salinas.
Pero de pronto se vió un rayo de luz. Alguien había abierto la puerta, cerrándola inmediatamente.
--Tomás --dijo Grant-- nos has servido muy bien y te lo agradezco. Aquí tienes el dinero que te prometí. Si no me engaño, llegarás a ser general algiún dla.
--¿Qué quiere Vd. que haga ahora? --preguntó Tomás.
--Vete a casa. Ya has hecho bastante.
Tomás pareció ofendido.
--¿Es que me toma Vd. por un niño de diez años? Pues no, señor. Quiero ayudarle a terminar este asunto. No olvide Vd. que tengo quince años bien cumplidos.
--Cuando a un soldado se le manda hacer algo,[3] obedece, Tomás. Es decir, obedece si es buen soldado.
--Un buen soldado --respondió Tomás-- no deja en peligro a sus amigos.
--¿Cómo sabes tú que estamos en peligro?
--A mí no me engaña Vd. --contestó Tomás--. Sin embargo, me voy ya que Vd. me lo manda. Buenas noches.
Cuando el muchacho desapareció, preguntó Salinas:
--¿Qué hemos de hacer ahora?
--Pienso saber quién está en aquella casa.
--Bueno. Vamos.
--Un momento --dijo Grant-- tú no tienes que acompañarme.
--Un buen soldado no deja. . .
Grant se echó a reir.
--Pues bien, como quieras.[4] Iremos juntos. ¿Tienes armas?
--Tengo las dos manos. Son duras y me bastan.
--Espero que tengas razón --dijo Grant.
Dejaron el camino y se acercaron lentamente a la casa, ya casi escondida por las sombras de la noche.
[1] lo que me hago, what I'm doing.
[2] lo mismo . . . Salinas, both to Grant and to Salinas.
[3] Cuando. . . algo, When a soldier is ordered to do something.
[4] como quieras, as you (may) wish.
by Joseph W. Barlow, Kurt Steel, Edward C. Caswell
Contributed by JB




